En muchas casas de nuestro país viven entre nosotros unos pequeños y peludos seres que, aunque a veces son un coñazo porque hay que cuidarlos, normalmente nos dan mucha alegría. Y no estoy hablando de los fraguel. Se trata de los gatos.

¿Quién no tiene un gato, o un familiar con gato, o un amigo de un amigo de un amigo de un gato? A mí siempre me han gustado más los perros, porque en mi opinión son más majos y agradecidos. Además son muy listos, saben que lo de olerse el culo sólo queda bien entre amigos, y al dueño lo respetan. Sin embargo, los gatos van más a su bola, si lo que haces les gusta, te miran, y si lo que haces no les gusta, te ignoran. Jamás imaginaría a un gato como psicólogo, escuchando sin descanso los desvelos de sus pacientes:
- Buenos días, doctor, me siento triste durante todo el día...
- ¿Ha traído mi tarrina de Whiskas con proteínas?
- Pues no...
- Pues ya se puede estar largando, roñoso.
Eso sí, cuando un gato está cuidado se vuelve muy agradecido... mientras sigas cuidándolo. Es como las pandillas en la cárcel, mientras le sigas pasando su droga en latitas o tarritos no habrá problema, pero como le cortes el suministro por alguna extraña razón...
- Ay sí, mi gato se está poniendo gordo como un tonel, no sé qué hacer ya, mi cama cruje cuando se sube.
- Lo que tiene que hacer es ponerlo a dieta, quítele las tarrinas, que le provocan demasiadas calorías.
- ¿Pero eso no será malo para él?
- No, señora, no.
Y tanto que no. Es malo para ti. Cualquier noche, mientras duermes plácidamente con la babilla colgando de la boca, tu gato se acercará a la cama lentamente, con las uñas bien sacadas, y te dará una buena lección dejándote tantas marcas que parecerás un trozo de las líneas de Nazca.
No olvidéis que los gatos son muy rencorosos. Hazles algo y se acordarán de tu cara toda la vida. Y después que no se te ocurra intentar acariciarlos, que como te descuides te quedas con la mano como si la hubieras metido en el rodaje de Tiburón IV. Otra señal de su rencor es lo bien que utilizan su sexto sentido. En cuanto entra en su radar alguien alérgico a los gatos, es como si hubieran visto a una sardina gigante con patas. Se lanzan a por él y comienzan a restregarse por todas partes, lanzando sus ataques una y otra vez hasta que la víctima tiene que decir con resignación: ¡¡¡Atchuuuuuus!!! De nuevo lo han conseguido...
Además, si le caes mal a un gato no tienes escapatoria. Los gatos saben minar tu moral muy bien. Seguro que, cuando estáis solos en casa de noche, se queda mirando a algún sitio fijamente, como si hubiera visto un fantasma. Y claro, tú te cagas en los pantalones. Y el muy jodio por dentro se parte de risa pensando: "a este gilipollas lo tengo dominado, me paro un momento y se acojona. El día que me gire y le ponga mirada asesina lo mato del susto. Soy un crack".

O si te pones malo y estás en la cama, el muy astuto se viene a tus pies, a mirar cómo padeces. Que te dice tu padre: "mira que mono el gato, cómo viene cuando sabe que lo necesitan". Y una mierda, está ahí esperando a ver si la diñas y se queda con tu cama, que está más blandita...
En definitiva, los gatos son muy monos, pero si puede ser que me los traigan en foto y a 2 metros. Y sin antecedentes. Como éste.
